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jueves, 12 de abril de 2012

Evolucionistas en Estados Unidos se oponen a la enseñanza del diseño inteligente

Los cristianos conservadores y los defensores de la ciencia en Estados Unidos libran una nueva batalla, esta vez en el estado de Tennessee (sur), en torno a un proyecto de ley que permitiría cuestionar en las escuelas públicas la teoría de la evolución de Darwin.
El texto fue aprobado por el Congreso de ese Estado donde el ultraconservador Tea Party está fuertemente representado, y el gobernador del Estado, el republicano Bill Haslam, debe promulgarlo antes del martes.
El proyecto de ley se inspira en los dictados del Discovery Institute de Seattle (Estado de Washington, noroeste), un grupo de reflexión de corte conservador cristiano que promueve la teoría del Diseño Inteligente, una variante el creacionismo.
Según esa teoría, algunos mecanismos biológicos son demasiado complejos para explicarlos solamente por la teoría ‘darwiniana’ de la evolución y no pueden resultar más que de una inteligencia superior.
El proyecto de ley establece que “los profesores deben ser autorizados a ayudar a sus estudiantes a entender, criticar y examinar de un modo objetivo las fortalezas y debilidades de las teorías científicas”, incluyendo el hecho de que las actividades humanas sean la principal causa del calentamiento global.
También dice que la legislación “no será interpretada para promover ninguna doctrina religiosa o no religiosa”.
Si la ley es homologada, Tennessee se sumará a otros nueve Estados que tienen normas similares que promueven el creacionismo en forma más o menos explícita.
“No se habla mucho de creacionismo sino de Diseño Inteligente”, dijo a AFP Hedy Weinberg, directiva del grupo de defensa de derechos civiles Unión Estadounidense de Libertades Civiles (ACLU, por su sigla en inglés), que se opone a la iniciativa.
“Es una forma muy sutil e inteligente… de cuestionar la teoría de la evolución y permite a los docentes infundir el Diseño Inteligente y el neocreacionismo”, añadió.
Grupos como la Asociación de profesores de ciencias de Tennessee y la filial local de ACLU están en la avanzadilla contra la ley. Sostienen que dará cobertura legal a la enseñanza de ideas seudocientíficas.
El Discovery Institute dijo que la ley “promueve una buena educación en ciencias protegiendo la libertad académica de los profesores para debatir total y objetivamente tópicos científicos controversiales, como la evolución”.
La ofensiva por esta ley marca una nueva batalla en la guerra entre los defensores de la laicidad en las escuelas públicas y los cristianos conservadores, para quienes los seres humanos son una creación divina y no descienden del mono, como sostiene la teoría de la evolución de Darwin.
Asimismo, esta iniciativa, denominada por los críticos como la ‘Ley del Mono’, remite al mundialmente famoso ‘Juicio de Scopes’ de 1925, por el cual el Estado de Tennessee multó al profesor de ciencias John Scopes por violar la ley estatal al enseñar “que el hombre desciende de un orden inferior de animales”.
Recién en 1968 la Corte Suprema de Estados Unidos invocó la separación entre Iglesia y Estado y consideró inconstitucional la prohibición de enseñar la teoría de la evolución de Darwin.
Finalmente en 1987, la Corte Suprema consideró que la obligación de enseñar el creacionismo era contraria a la Constitución por ser equivalente a promover una creencia religiosa en la educación pública.
Según una encuesta del instituto independiente Pew Research Center, solo un cuarto de la población estadounidense adhiere totalmente a la teoría de la evolución.

Reciente número de Impacto Evangelístico causa gran expectativa

Impacto Evangelístico de Abril tiene un contenido que seguramente lo sorprenderá en el que, entre diversos artículos, podrá conocer datos inéditos de la muerte de nuestro Señor Jesucristo en la cruz del Calvario.
Además, tendremos un completo informe sobre el trabajo que realiza el Movimiento Misionero Mundial en las cárceles peruanas. Por otro lado, tendrá la oportunidad de disfrutas de dos conmovedores testimonios de vida.
También, se publicó un interesante resumen de las mejores actividades de nuestra organización, incluyendo la Confraternidad Nacional del Perú realizada a principios de año en Trujillo.

miércoles, 11 de abril de 2012

Javier Duarte (1967-2002)


Se llamaba Javier Duarte. A los 34 años un accidente sólo acabó con su existencia física, pero no pudo derrumbar la obra que edificó. Incansable difusor del Evangelio, predicó la Palabra del Señor en Perú y Estados Unidos.
Predicaba la Palabra de Dios de forma cotidiana. Se consideraba poco elocuente, con un carácter humilde y poco afecto a la notoriedad, lo que suplía con una entrega total a la Obra del Movimiento Misionero Mundial y un sometimiento riguroso al Evangelio del Señor. Y, para reforzar su amor incondicional a Jesucristo, en los treinta y cuatro años que duró su recorrido terrenal hizo lo que el Señor dictaminó que hiciera. Sólo ahora, a casi una década de su partida, Javier Duarte Argote se hace manifiesto y notorio a través de un justo tributo para quien en vida se ganó un lugar destacado en el anuncio de las buenas nuevas.
Nacido el 11 de octubre de 1967 en la provincia de las Tunas, en Cuba, Duarte Argote decidió desde muy pequeño en transformarse en un cristiano respetuoso de la sana doctrina. Tercero, de cuatro hijos, de la pareja conformada por Humberto Duarte y Avelina Argote, Javier en sus primeros años de vida se despuntó como un evangélico “humilde y sencillo”. Quienes lo conocieron por aquellos días afirman que era un muchacho callado, de pocas palabras, pero de una fe poderosa como un grito ensordecedor. Su padre, quien laboraba como chofer interprovincial en ese momento, junto a su mujer le inculcó la confianza en Cristo y pudo disfrutar de una niñez tranquila y apacible bajo los designios de Dios.
Rumbo a La Habana
Luego de una infancia y adolescencia timbradas por la paz, su fe evangélica, debido al régimen político y social gobernantes en su isla, lo colocó en medio de una disyuntiva cuando aspiraba a estudiar ingeniería eléctrica en los primeros años de los ochenta. El dilema, planteado por los funcionarios gubernamentales de su ciudad natal, lo obligó a elegir entre sus convicciones cristianas y los estudios universitarios. Entonces fue que optó por Dios y se vio obligado a emigrar a La Habana para seguir una carrera técnica en suelos y agroquímica. “Prefiero estudiar otra cosa antes que renunciar a mi fe”, repitió una y otra vez antes de marcharse a la capital de Cuba donde continuaría al lado del poder salvador de Dios.
En La Habana, mientras el planeta observaba el final de la “Guerra Fría” entre Estados Unidos y la Unión Soviética, el compromiso de Duarte con Dios se hizo más ferviente. Entretanto se dedicaba a terminar sus estudios técnicos, en 1985, conoció a Priscila Vizcay, una mujer de fe, en un templo de la capital cubana y gracias a ello completaría su alianza con el Señor. Porque de aquel encuentro, predeterminado por el Salvador, se gestaría un feliz matrimonio que compartió el amor por Jesucristo y que se materializó en 31 de octubre de 1987. Una unión que, del mismo modo, certificó el poder de la oración y el valor del sometimiento de dos cristianos que dejaron en las manos de Jesús sus vidas y fueron premiados con creces por el Señor.
Aunque fue un ciudadano cubano ejemplar, que sólo se dedicó a la causa de Cristo y a trabajar como cualquier otra persona más, la vida de este cristiano no estuvo al margen de las rigurosas restricciones ideológicas impuestas en su país. Según su esposa Priscila Vizcay, testigo de los acontecimientos, Javier fue víctima de hostigamientos y persecución por ser creyente de la fe cristiana. Sus actividades y reuniones fueron observadas por el gobierno de la isla y se le prohibió predicar la Palabra de Dios por las calles y en los espacios públicos. Debido a ello, a la pareja Duarte-Vizcay no le quedó más alternativa que salir de territorio cubano el 12 de abril de 1989 con destino a Perú.
Mollendo, New Orleans, Miami…
Instalado junto a su familia en la parte occidente de América del Sur, donde fue recibido por el reverendo Rodolfo González Cruz, recién allí Javier concretó su idea de ser misionero de la Obra de Dios. Sin limitaciones ni impedimentos de ningún tipo, Duarte se unió al Movimiento Misionero Mundial del Perú y al poco tiempo partió a la ciudad de Arequipa, en la que se encontraban los padres de su esposa, a fin de emprender la tarea señalada para él por Jesucristo. Después, siempre guiado por el Señor, recaló en la ciudad costera de Mollendo, en la que el cristianismo estaba ausente y reinaba la vida mundana, e inició un ministerio fértil.
Sin embargo, al pie del Océano Pacífico, el hombre que siempre andaba con una sonrisa colgada del rostro, debió pasar una serie de duras pruebas de fe para reafirmar su sumisión a Dios. Fueron días donde su valor y su confianza en Cristo se impusieron al hambre, el desamparo, la pobreza, las hostilizaciones de la iglesia tradicional y las amenazas y amedrentamientos de las organizaciones terroristas que causaban zozobra y terror en el Perú de inicios de los noventa. Una victoria que, auspiciada por el Todopoderoso, transformó muchas vidas en la ciudad de Mollendo.
El 30 de septiembre de 1992, Duarte Argote parte a Estados Unidos para proseguir con su misión cristianizadora. Allí, en el gigante de América del Norte, en la ciudad de New Orleans, la más grande del Estado de Luisiana, estableció un templo y captó muchas almas para el rebaño de Jesús y pasó por encima de las barreras culturas e idiomáticas que se le pusieron al frente. Empero, al cabo de cinco años se trasladó a la ciudad de Miami, la más latina de Norteamérica, y volvió a empezar en el trabajo de cimentar y propagar las bases de la Iglesia.
Desafortunadamente, el 12 de marzo de 2002, junto a su esposa Priscila y sus hijos Damaris, Dorcas y Javier, y en el mejor momento de su quehacer evangélico, Duarte sufre un mortal accidente de tránsito y un día después el Señor decide llevárselo a su presencia. De este modo, culminó el paso terrenal de un hombre que no dudó jamás en someterse a los mandatos de Dios y que en su existencia dejó una huella imborrable de amor por la misión evangelizadora. Un trabajo que hoy, casi una década después de su muerte, se mantiene vivo e incólume a través del testimonio de su familia que tan igual que él, a diario, predica la Palabra de Jesucristo como la tarea máxima de una familia cristiana comprometida con la Obra del Movimiento Misionero Mundial de Dios.

martes, 10 de abril de 2012

Reciente número de Impacto Evangelístico causa gran expectativa

Reciente número de Impacto Evangelístico causa gran expectativa PDF Imprimir E-mail
Impacto Evangelístico de Abril tiene un contenido que seguramente lo sorprenderá en el que, entre diversos artículos, podrá conocer datos inéditos de la muerte de nuestro Señor Jesucristo en la cruz del Calvario.
Además, tendremos un completo informe sobre el trabajo que realiza el Movimiento Misionero Mundial en las cárceles peruanas. Por otro lado, tendrá la oportunidad de disfrutas de dos conmovedores testimonios de vida.
 
También, se publicó un interesante resumen de las mejores actividades de nuestra organización, incluyendo la Confraternidad Nacional del Perú realizada a principios de año en Trujillo.

El mendigo que Dios liberó

El mendigo que Dios liberó

Perteneció a la Marina de Guerra del Perú, pero estuvo atrapado en las drogas y el alcohol. Fue expulsado. Acabó como vagabundo en las calles. Dios se apiadó de él y transformó su gris camino. Ramón Reyes Castillo dejó la oscuridad y fue la luz que iluminó miles de vidas como obrero del Señor.
¿Es posible que un humano pe­cador, bajo el influjo del maligno y apartado de Cristo se convierta en instrumento de la voluntad de Dios? ¿Exis­te algún proceso redentor por el cual se puede pasar de lo perverso a lo divino? ¿Se puede ser perdonado y restaurado? La res­puesta a todas estas interrogantes es una sola: sí. Y está encarnada en la vida y ac­tos del pastor Ramón Reyes Castillo. Sur­gido del barro de lo profano, se alzó para ser uno de los mejores anunciadores de los Santos Evangelios de la Obra del Señor.
 
Reyes Castillo, hombre larguirucho como un junco, nació en la ciudad de Lima el 31 de agosto de 1946, fruto del amor de Andrés Reyes y Victoria Castillo, provin­cianos radicados en la capital del territorio peruano, quienes tuvieron 18 hijos. Ramón fue un niño que sufrió una infancia domi­nada por la estrechez económica y la falta de un credo en el cual creer. Sin embargo, sus progenitores se desvivieron para brin­darle educación secular con la que pudo abrazar una carrera militar en la Marina de Guerra del Perú a la edad de dieciocho años. Aquel rumbo, paradójicamente, años más tarde lo terminaría de depositar en las aguas benditas del cristianismo luego de una serie de acontecimientos oscuros.
 
Influenciado por las malas juntas, el dia­blo, la soledad y diversos temores, la exis­tencia castrense de Ramón Reyes se pertur­bó y se trastocó por el consumo y abuso de estupefacientes y tocó fondo. Así, mientras navegaba por gran parte del Océano Pací­fico y alcanzaba la categoría de mecánico de motores marinos, sus días se volvieron turbulentos por las drogas y su periplo por la armada peruana se fue poco a poco por la borda y decantó primero en un tiempo de reclusión, en el presidio de la Isla del Fron­tón, y culminó en 1977 con su expulsión de­finitiva después de trece años de servicios. Empero, una corta carrera en la que cosechó el cariño de sus compañeros de armas.
 
RUMBO AL SÓTANO
 
La abrupta salida de Ramón de la Marina de Guerra del Perú, el punto final de una se­rie de errores y de una etapa de ignorancia espiritual, terminaría siendo esencial para su redención. Claro que el proceso de res­cate de este varón no fue, lamentablemen­te, un pasaje agradable. En el aturdimiento de aquellos días, se entregó a las sustancias prohibidas y su existencia social se hizo in­sostenible. Entonces, le sucedieron tantas cosas en tan poco tiempo que, sin la mise­ricordia del Altísimo, su destino no fue otro  que la calle y la indigencia. En poco tiempo pasó de ser un marino alegre y fiestero a un loco haraposo que andaba, sin brújula, por las calles limeñas con un bulto a cuestas y cantando siempre a voz en cuello.
 
No es difícil imaginar que en el peor momento de su estadía terrenal, cuando Ramón estaba a merced del rey de las ti­nieblas, el Señor lo recuperó de la inmun­dicia del asfalto con la intervención de sus hermanos Leonor, Carmen y Pablo, que ya para ese momento habían aceptado a Jesús como su Señor y Salvador. Así que después de andar dando vueltas sin sentido por Lima, durante doce años, Reyes conoció los Evangelios y se maravilló con el poder de Jesús y sobre la marcha les pidió a sus familiares una oportunidad para cambiar. De inmediato, conoció el templo central del Movimiento Misionero Mundial en el Perú, donde congregaban sus hermanos, y recibió al Todopoderoso y empezó a dar los primeros pasos de su nueva vida en Cristo.
 
LA SALVACIÓN
 
Desde el primer día de su llegada a la Obra del Creador, Reyes Castillo comenzó un feliz aprendizaje. Primero se empeñó en aprender las clases de doctrina, impartidas por los res­ponsables de la Iglesia de Lima, escudriñar de punta a punta la Biblia y en la recuperación de su salud mental y física. Luego, con la fe a tope, se unió en matrimonio con la hermana Juana Valencia Mendoza el diez de diciem­bre de 1993 y procreó a Simón y Sara. Pronto quedó claro que no sería un miembro más del Movimiento Misionero Mundial. Por ello, y debido principalmente a su entrega irrestricta a Dios, se hizo cargo del cuidado de la sede principal del MMM en el Perú y transitó por los diversos peldaños de la organización has­ta el alcanzar el título de ministro.
 
Según cuentan quienes tuvieron el pri­vilegio de conocerlo en vida, el día que el pastor Ramón Reyes partió a la ciudad de Pisco, situada a 290 kilómetros al sudeste de Lima, se marcó un hito que trazó su historia terrenal. Ese 4 de abril de 1997, el hombre de la sonrisa ancha y blanca, y de los lentes redondos, estaba predestinado a trabajar en las tareas misioneras y evange­lizadoras del MMM y, con una gran cuota de convicción y de optimismo, se fabricó su propio espacio. Porque de esa fe y se­guridad en Dios, engarzados a su carisma y voz sonora, surgió un ministerio fértil y productivo.
 
Radicado en la ciudad de Pisco por más de diez años consecutivos, difundió El Evan­gelio y estableció templos de la Obra en las localidades de San Clemente, San Andrés, Villa, Casalla, San Miguel, la Pascana y Ber­nales. Siempre pegado a la sana doctrina, materializó un legado para experimentar en cualquier momento con plenitud, alegría y esperanza. Mas la voluntad del Creador dispuso, en junio de 2007, que Ramón debía ir al encuentro de su Maestro. Empero, an­tes de partir el Todopoderoso le mostró que Perú sería asolado por un terremoto, aconte­cido el 15 de agosto de ese mismo año, que dejó en escombros a la región Ica.
 
Los últimos meses en la tierra de Ramón Re­yes Castillo -antes de que un cáncer pulmonar terminara con su existencia- fueron estreme­cedores, pero dignos: “agradecimiento hay en mi corazón. Canto de alegría elevo con mi voz. Muchas son las cosas que mi Dios me ha dado y en agradecimiento le sirvo a mi Señor… Ni por un momento Tú me has dejado solo y así tu santa mano ha sido mi sostén. Permite que mi vida yo ponga por servirte, que dentro de mi alma presente siempre estén los múltiples fa­vores y tus misericordias que ya sin merecerlo tuviste para mí”, interpretaba, con el corazón turbado, mientras esperaba su reunión con Je­sucristo, poco antes de morir el 8 de febrero de 2008, en el Hospital Nacional Guillermo Alme­nara, en su último día de vida.

Bruchko

Bruchko

Libro autobiográfico del misionero norteamericano Bruce Olson, el primer hombre blanco que se internó en la selva colombiana y convivió con la peligrosa tribu motilona. La primera edición se publicó en 1970 con el título: "Por esta cruz te mataré".
Bruce, desde muy joven, se deleita­ba en leer los textos de la Biblia en griego, hebreo y latín, pero siempre estaba en su corazón el ardiente deseo de conocer a Dios personalmente. Un día le entregó su vida a Él, y comenzó a visitar una Iglesia evangélica. Olson, soñaba con convertirse en un reconocido lingüista, pero Dios tenía otros planes para él: aquel joven alto y delgado, de cabellos rubios y ojos azules, predicaría el Evangelio en la selva suramericana. A sus cortos diecinue­ve años, viajó a Venezuela, sin el apoyo de la “Junta de Misiones”, ya que no había sido aceptado, pero el Señor nunca lo re­chazó.
 
-¿Has oído hablar de la tribu de los motilo­nes?- me preguntó. Nuestra conversación fue fructífera. Descubrí entonces por qué Dios me había guiado a Suramérica. “El primer contac­to que hubo entre los motilones y la civilización ocurrió cuando ellos nos atacaron con sus fle­chas- dijo Nieto-. Nadie ha aprendido jamás la lengua de los motilones, ni se ha acercado lo suficiente como para describir sus costumbres. Los motilones viven en una zona selvática en la frontera entre Colombia y Venezuela”, añadió. “¿Qué puedo hacer yo por un grupo de indíge­nas primitivos y salvajes?”, me pregunté. Pero no importaba lo que pensara, sabía que Dios quería que fuera a ellos.
 
El rechazo de los motilones hacia los hombres blancos se debía a que las gran­des compañías petrolíferas norteame­ricanas estaban muy interesadas en el territorio motilón y buscaban adueñarse de su “hogar”. Olson, sin embargo, tenía otras intenciones, pero sería sumamente complicado demostrarles a los motilones que aquel hombre blanco era inofensivo para ellos. En su primer intento, llegó a la aldea de los yukos, en donde casi es asesinado.
 
-Señor Dios -dije-, ¿Cuánto tiempo va a continuar esto? ¿Tengo que pasar por este su­plicio? - Me imaginé un futuro lleno de tor­turas, de incapacidad para comunicarme y de muerte. Entonces sucedió algo extraño. Fue como si me hubieran derribado de un tremendo golpe. Me pareció ver a Jesús en la cruz. Co­mencé a llorar. -Oh Jesús -dije asombrado y te­meroso-, esto es lo que tú tuviste que soportar. ¡Nosotros debimos parecerte tan sucios como estos indígenas me parecen a mí! ¡Cuán insen­sato debió parecerte nuestro odio! Me quedé tendido. -Señor, te daré lo que pueda. Te daré mi fuerza, mi vida. Aguantaré cualquier cosa, toda dificultad. Moriré incluso si me permites hablarles de tu Hijo a los motilones.
 
Solo un año después pudo pisar territo­rio motilón, en donde su recibimiento sería no menos sangriento. Como ya conocía a los yukos, les preguntó si podían condu­cirlo, pero nadie se atrevía a arriesgar su vida. Los motilones al verlo acercarse, lo hirieron con una flecha y fue conducido hacia una aldea. Bruce se sentía débil, en­fermo, con una fuerte infección y su estó­mago devolvía los gusanos que le daban por comida. Una noche decidió escapar, fue confundido con un guerrillero comu­nista y conducido a Bogotá. Sin embargo, al poco tiempo regresó. Los motilones, en esta ocasión ya no lo atacaron, sino, que, parecían divertirse observando aquel hom­bre blanco, su abundante vellosidad y su peculiar vestimenta. Pasó mucho tiempo hasta que aprendiera el dialecto motilón, era complicado y descubrió que era una lengua tonal. Bruchko, como lo llamaban los motilones, ya podía comunicarse con los indígenas y se preguntó cómo podía él hablarles de Jesús sin que eso afectara sus costumbres y creencias.
 
Sabía muchas cosas acerca de las creencias de los motilones, pero nada que yo les conta­ra de Jesús tendría sentido para ellos. Eso era lo que hacía todo hombre blanco. Nunca se ajustaría al estilo motilón. ¿Qué sucedería si alguno entregaba su vida al Señor Jesús? Pero necesitaban a Jesús. Era obvio. ¿Cómo podía yo darles a conocer a Jesús tal como él es, indepen­dientemente de mi personalidad y mi cultura? Incliné la cabeza. El sol me quemaba el cuello. “Oh Jesús -oré-, esta gente te necesita. Revéla­te a ellos. Quítame de en medio y háblales en su propia lengua para que puedan saber quién eres. Oh Jesús, hazte un motilón”.
El hombre blanco de corazón motilón, aprendió a pescar, a cazar, y fue adaptán­dose al estilo de vida de aquellos simpá­ticos indígenas. Pero, en especial, se hizo amigo de un motilón llamado Bobarisho­ra, o Bobby, como lo llamaba Olson. Eran como hermanos, y fue el primero en en­tregar su vida a Jesús. Su cambio fue un contundente ejemplo para los demás indí­genas, pero buscar las palabras correctas que reemplazaran a las que Bruce conocía, era un arduo trabajo. Un claro ejemplo de ello, es el siguiente párrafo, en donde Bo­bby quiere “atar las cuerdas de su hamaca a Jesús”, o sea, quiere entregarle su vida a Jesús y dejar que él conduzca su vida.
 
-Bruchko -dijo-, yo quiero atar las cuerdas de mi hamaca a Jesús. ¿Cómo puedo hacerlo? No lo puedo ver ni tocar. -Has hablado a los espíri­tus, ¿no es cierto? -Le recordé inmediatamente. -Ah, ya entiendo -dijo. Jesús es un espíritu. Al día siguiente estaba muy risueño. -Bruchko, he atado las cuerdas de mi hamaca a Jesús. Ahora hablo una nueva lengua. No entendí lo que Bo­bby me quería decir. -¿Has aprendido algo de español? Se rió con una expresión clara y dulce. -No, Bruchko, hablo una nueva lengua. Enton­ces comprendí. Para un motilón, la lengua es la vida. Bobby gozaba de una nueva vida y una nueva forma de hablar. Su habla estaría orien­tada a la comunicación con Jesús. Echamos el brazo de cada uno sobre el hombro de otro. Mi pensamiento retrocedió al día en que tuve un “encuentro” con Jesús, y a la vida que fluyó en mi interior. Ahora mi hermano Bobby experi­mentaba a Jesús de la misma manera. Había comenzado su andar con Jesús. -¡Jesús ha re­sucitado de los muertos! -gritó Bobby; el sonido penetró en la selva-. Él ha recorrido nuestras sendas. Lo he encontrado.
 
Con la conversión de Bobarishora, mu­chos motilones recibieron a Jesús en su corazón. Reemplazaron sus cánticos pa­ganos por alabanzas a Dios, empezaron a preocuparse por su prójimo, dejaron las bebidas fermentadas, empezaron a asear­se y desinfectar sus aldeas. El cambio fue muy evidente, y pronto las tribus aleda­ñas también conocieron del amor de Cris­to, gracias al testimonio de los motilones. Ocurrieron muchos milagros: los enfermos eran milagrosamente curados, las epide­mias se extinguían, los espíritus demonia­cos que se alojan en lo profundo de la selva eran ahuyentados con los cánticos de los motilones. El mundo estaba siendo testigo de un verdadero cambio en los indígenas suramericanos, y su progreso se debía a un encuentro personal con Dios.
 
Con todo, el mayor milagro de que he sido testigo fue la transformación ocurrida en las vidas de los motilones. Ellos han encontrado su razón de vivir en Jesús. A raíz de esta nueva vida han rechazado el individualismo que les impedía ayudarse unos a otros. Actualmente se preocu­pan por los demás; se sacrifican verdaderamente. Este cambio ha hecho posible su desarrollo tanto económico como espiritual. Cuando no tenían esta actitud, sus planes siempre fracasaban. Ahora se estaban resolviendo sus problemas.
 
Pese al notable adelanto de los motilo­nes, todavía existía un perenne peligro que atentaba contra su tranquilidad. Los colo­nos, buscaban adueñarse de las tierras mo­tilonas, y una de las víctimas de esta inhu­mana guerra declarada a los indígenas, fue Bobby, quien fue cruelmente asesinado a manos de ellos. Bruchko sufrió muchísimo al enterarse de la muerte de su hermano de pacto y todo el pueblo motilón derramó lágrimas de extremo dolor por el falleci­miento de uno de sus líderes.
 
El círculo de motilones se inclinó y se des­hizo poco a poco. Vi algo que nunca había visto entre los motilones: la gente se tapaba los ojos y lloriqueaba. Ocdabidayna se acercó a mí, inten­tando sonreír. Mira a todos nos ha afectado la gripe -dijo. -No -le contesté-, no es gripe lo que tenemos; no es gripe. Entonces Ocdabidayna, uno de los principales jefes, se llevó las manos a la cabeza y cayó al suelo. -Bruchko -dijo mi­rándome-, no soy un hombre. Soy un niño, un niño pequeño. Solo los niños lloran. Su dolor conmovió a los motilones de como nunca antes. Corrieron a la jungla para ocultar sus lágrimas unos de otros. -Bruchko -dijo Ocdabidayna-, Jesús murió por todas las tribus del mundo. Bobby es casi como él: murió por los motilones.
 
Bruce Olson ha dedicado más de 30 años al servicio de los motilones. En cierta ocasión fue capturado por el Ejército de Li­beración Nacional, pero fue liberado nue­ve meses después, gracias a la insistencia de sus amigos motilones. Dios envió desde el otro extremo de América, un misionero sin preparación, pero de un gran corazón, y gracias a él, dieciocho tribus han cono­cido a Jesús y su amor transformador. En la actualidad, existen muchos jóvenes in­dígenas profesionales que trabajan en las cuarenta y cinco escuelas bilingües en la selva, en los más de cincuenta centros de salud, en cuarenta y dos centros agrícolas y en el proyecto del primer periódico in­dígena multilingüe. Y como mencionó en cierta entrevista un motilón llamando Ara­badoyca: “Todo esto se debe a Saymaydo­dji-ibateradacura (Dios)”.

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